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miércoles, 16 de marzo de 2022

Euromaidán mexicano.

Recientemente y a raíz de la invasión rusa a Ucrania, vi en Netflix el documental Winter on Fire: Ukraine's Fight for Freedom. Es sobre el Euromaidán, la revolución ucraniana que, a finales de 2013 y principios de 2014, consiguió derrocar al presidente Víktor Yanukóvich y encaminaría a Ucrania, idealmente, a un camino más democrático, más occidental.

Cualquier hecho histórico —y con más razón una revolución— tiene infinidad de aristas, múltiples causas y consecuencias que quizá no sean obvias o visibles hasta varios años después. El episodio de 93 días, también llamado “La Revolución de la Dignidad” es un capítulo más en la larga lista de eventos que desembocaron en la catástrofe humanitaria que hoy se vive en el este de Europa. Debe entenderse en su contexto y merece más estudio que un documental de una hora y cuarenta minutos.

Porque sí, la producción de Netflix es un bonito relato sanitizado pero ¡Por Dios, qué relato! El documental presenta a una población presta, dispuesta, enfocada, entregada y valiente. Después de verlo, uno entiende por qué las fuerzas militares rusas están teniendo tantas dificultades y encontrando tan férrea resistencia con el ejército y las milicias voluntarias ucranianas. Es un pueblo duro de roer, forjado bajo el régimen de la Unión Soviética y construido, desde hace 30 años, por gente que tiene claro el país que quiere, o al menos, sus principios rectores..

Mientras el documental va presentando los acontecimientos y los testimonios de gente muy diversa en edad, etnia, credo y trasfondo social; uno arma las piezas del hilo conductor. En el fondo, no es la animadversión al presidente Yanukóvich o a sus políticas lo que aglutina a este grupo de gente, sino dos ideales claros: el derecho a la Libertad y la Dignidad Humanas. Dos principios sencillos, universales, básicos, que funcionan como la columna vertebral del movimiento. Son ideas por las que los ucranianos están dispuestos a luchar y a morir.

Luego, como es natural, comparo lo que he visto en este documental con lo que veo a diario en México y sus diferentes circunstancias. Toda proporción guardada, mientras la Ucrania de la transición 2013-2014 me parece un país dinámico y movido por su gente, en México me da la impresión muchas veces de que nos asumimos ciudadanos cautivos, indefensos ante los vaivenes de la política nacional, contentos con cruzar boletas cada seis años y esperar lo mejor de quien finalmente acabe en la silla.

No debe sorprender y no debe alarmar. Los setenta años de priato no son poca cosa; duraron aún más que el poder del Kremlin sobre Kiyv. También la transición democrática en México fue más sutil y pacífica que la brusca sacudida de todo el esquema de la Unión de Repúblicas Soviéticas y la caída del Muro de Berlín. No supimos madurar y aprovechar nuestro despertar democrático de 1997 y el 2000.

Pero ahí la llevamos. El activismo político ha ido en aumento, en buena medida gracias al presidente y su discurso polarizante, que obliga a tomar partido y a participar a favor o en contra. La sociedad siente que debe hacer “algo”, que debe dar un paso adelante para dirigir el barco nacional. Pero los sentimientos anti o pro Lopez no bastan, siguen anclados a una persona, a un caudillo. No proponen nada, no construyen nada, no defienden nada como suyo.

Si tomáramos el ejemplo de Ucrania ¿cuáles serían esos valores básicos, esos principios sencillos y universales que estaríamos dispuestos a defender con la vida si fuera necesario? ¿Cuáles son las ideas que nos gustaría que definieran a México? Legalidad, Libertad, Dignidad Humana…

Necesitamos una plataforma de valores que trasciendan al político en turno y que se respeten transversalmente en todo el espectro político. Elije el que te guste, identifica en tu entorno situaciones que estén impidiendo que florezca y trabaja con vecinos y autoridades locales para facilitarlo. Cuestionemos todo ¿Esta medida, impulsa ese valor rector que queremos para el país? Empecemos a fomentar, en las próximas generaciones, estos valores. Que las consideren parte de si mismas y así, poco a poco iremos cambiando al país.



miércoles, 6 de junio de 2018

Votar con la cabeza...



Faltan menos de treinta días para que estemos frente a frente con la boleta electoral y tengamos una oportunidad, aunque sea pequeña e insuficiente, de influir en el destino de nuestro país, de ver qué queremos para México. 

Nuestro país es una nación joven, que apenas empezó a experimentar la miel (y la hiel) de vivir en una democracia por ahí del 2000, año en que se permitió la alternancia, el debate y la construcción de instituciones que fueran más allá del presidencialismo y la estructura del partido en el poder. Es normal, en estas circunstancias, que como electores tengamos aún muchísimo que aprender. México hoy vota con el estómago, con el sentimiento. Vota por X porque no quiere a Y, porque hay que darle una oportunidad a Z y ver cómo nos va, porque está cansado de T, porque V y U son más corruptos, o menos ratas, o ponga usted el calificativo que prefiera. Para muestra, basta revisar los “argumentos” para reventar a uno u a otro en redes sociales. El entrecomillado es a propósito. No hay argumentos, todo son imágenes, a veces con textos alarmistas y todos en mayúsculas. El objetivo no es convencerte de una idea, es hacerte sentir algo: miedo, enojo, frustración; y confiar que ese sentimiento te empuje a votar por uno u otro candidato.

Pero votar con el estómago varios inconvenientes. De entrada, nos hace sumamente manipulables. La emoción nubla el juicio, nos imposibilita a ver todo el panorama y a votar sin hacer las consideraciones importantes. Además, polariza enormemente a la sociedad, porque cualquier argumento en contra parece un intento de demeritar lo que siento, de negar mi experiencia y en ese momento la reacción natural no es argumentar, es ponerse a la defensiva e insultar. En tercer sitio, hacen imposible el diálogo aún si logramos superar ese impulso defensivo. ¿Cómo explicar cómo y por qué siento miedo por una propuesta en particular? ¿Cómo defiendo mi postura si lo único que tengo a mi favor es que el candidato “me da confianza”? Y finalmente, promueve el caudillismo. Gana la elección el líder carismático que puede aprovechar y encausar mejor los sentimientos de la población.

Si queremos que la cultura democrática se arraigue y florezca, hay que evitar a toda costa votar con el estómago y promover que se vote con la cabeza. No es sencillo. Se requiere que cada uno de nosotros, como ciudadanos, tengamos varias cosas en la mente. Para empezar: cuál es el país que tenemos y cual el que queremos. 

El primero es un análisis basado en hechos concretos, en datos duros. Hay que leer los periódicos, interesarnos por la política todos los días, no únicamente seis meses, cada seis años. Hay que estar al tanto de cómo están los indicadores nacionales y como es que llegamos a ellos. Es probable que se requiera empezar a autoeducarse en temas de economía, ciencias sociales, política... Parafraseando a Murray Rothbrard: No es un crimen ser ignorante, pero si es totalmente irresponsable tener una opinión radical y vociferante mientras se está en ese estado de ignorancia.

El segundo, es un ejercicio imaginario de cómo nos gustaría ver al país, apoyado en el bagaje cultural que menciono en el párrafo anterior, en lo que ha funcionado a través de la historia y en lo que no. Es este modelo personalísimo el que tendremos que comparar cada seis años con los candidatos en turno y de manera fría, revisar con qué ideas comulgamos y con cuales no. Si accedemos a votar por uno u otro, será porque su proyecto se parece en mayor o menor medida a lo que nosotros queremos. Eso nos permite separarnos emocionalmente del asunto, entender que el candidato no es perfecto; en lugar de abrazar ciegamente el proyecto de nación del primer advenedizo y consagrarnos a él en cuerpo y alma porque nosotros no tenemos una idea propia.

Con esto en la cabeza, usted ¿Ya definió su voto? ¿Está votando con la cabeza o con el estómago? ¿Le gustó su proceso de toma de decisión o siente que lo puede hacer mejor? Quédese con las preguntas en la cabeza y, si le parece, le invito a que me acompañe la próxima semana, donde intentaré explicar mi propio proceso, mis propios argumentos, buenos o malos de por quién voy a votar y por qué.

Con la cabeza, no con el estómago.

¡Nos vemos el miércoles!

miércoles, 23 de mayo de 2018

Fiasco de Debate



Pues el domingo fue el segundo debate. A fin de transmitir con exactitud mi sentir a mis cuatro lectores, ruego lean esa primera frase de corrido, dejando caer el timbre de voz mientras avanzan y expulsando aire a manera de abatido suspiro. ¡Vaya bodrio se aventaron todos, candidatos, moderadores y organizadores! 

Se agradece al INE la intención de seguir buscando modernizar el formato, de encontrar un esquema dinámico y que permita la confrontación de ideas. Permitirle a los participantes moverse con libertad por el foro fue un cambio interesante. Nos permitió poner atención al aplomo de los diferentes candidatos, su manera de desenvolverse y su seguridad al hablar en un ambiente no controlado. Las preguntas no preparadas también evidenciaron que ninguno de los cuatro está preparado para salirse de su libreto (aunque en algunos fue más evidente que otros) y quién depende de la pluma de su asesor para articular ideas.

Desafortunadamente, ahí acaba lo que puede aplaudírsele al ejercicio del domingo.

La labor de los moderadores fue aceptable. Estamos pasando de la figura del reloj checador y lector de preguntas a un moderador con un rol más activo, más cuestionador. En ese sentido, no me parece mal que intenten sacar a los candidatos de su zona de confort, pero sí que están lejos de ser todo lo que deberían ser en su rol. Idealmente, tendríamos a alguien preparado para señalar y rebatir falacias argumentales así como limitar y condenar ataques ad hominem. Con una figura así en el estrado, casi se forzaría a que la discusión se realizara alrededor de las propuestas y no de penosos intercambios de insultos.

Y es que en cuanto a contenido el debate se quedó muy, muy corto. La discusión, que se supone giraba en torno a la posición de México frente al mundo, básicamente se limitó a problemas internos donde Centroamérica o Estados Unidos tienen algo que ver: migración, el tema Trump, aduanas y seguridad fronteriza. Y las respuestas fueron todas superficiales, mas o menos parecidas, con mayor o menor grado de coherencia.

No, no vi a ningún claro ganador. Hubo diferencias esenciales, sin embargo, entre unos y otros. 

Anaya vuelve a ser el que mejor se desenvuelve en público, haciendo uso correcto del espacio y del tiempo. La estrategia era, otra vez, hacerse el fuerte y presentarse como el opositor natural de Andrés Manuel. Le salió bien, a medias. Casi seguro se vio innecesariamente agresivo, sobre todo con comentarios que tenían poco punch (“Tu hijo estudia en el extranjero”) Tampoco le ayuda que ya carga con la etiqueta de mentiroso. En algunas cosas se la merece.

Meade honestamente me sorprendió. Demostró amplísimos conocimientos de la realidad económica y del funcionamiento interno del gobierno, lo vi más suelto y más libre que el debate pasado. Admiro, aunque creo que es un error, que se quiera morir con la suya y defender cargas que no le tocan, como la invitación a Trump siendo éste todavía candidato. No le va a alcanzar para ganar o mover mucho las preferencias, pero consiguió oxígeno para la parte intermedia de las campañas. Si me apuran a nombrar un “ganador” sería él.

A López Obrador fue al que más le pesó el cambio en el formato. Se le vio estático en su sitio, sigue administrando su ventaja y aunque usó el comentario de la cartera para verse jocoso, la realidad es que se acobardó y echó un par de paso para atrás cuando Anaya lo encaró. También se vio desencajado, con los dientes apretados y molesto por que le increparan. Es normal, él no acostumbra que le lleven la contraria. Protagonizó, eso si, dos de los momentos más incómodos del debate: cuando tardó casi quince segundos para barruntar un insulto de nivel primaria (ojo, descalificando a la persona, nunca al argumento) y cuando terminó su mensaje de cierre. ¿Qué esperaba? ¿Que se pusiera el auditorio de pie y se deshiciera en aplausos por su patriotismo y su mensaje?. 

Total, que de los cuatro (porque no, no me olvidé del Bronco, sencillamente es tan irrelevante que no quise dedicarle líneas) no hacemos uno y que tendremos una fea decisión que tomar el día de la elección, cuando estemos frente a la boleta. Más nos vale pensarla bien.

miércoles, 19 de octubre de 2016

No les importamos

131 contratos a empresas fantasma, más de 940 millones de pesos desviados. La magnitud del desfalco está perfilando a Javier Duarte como el tema de conversación dominante de aquí a que termine el año, quizá durante más tiempo. Fue, sin duda, el tema “grande” de la semana y por lo tanto se ganó, a mi juicio, el espacio de esta semana en el blog.

Habiendo definido el tema, comencé a buscar las últimas notas del caso para dar una opinión informada. Normalmente, es en ese crisol de notas periodísticas que encuentro el enfoque que quiero usar para el tema, y de ahí, la inspiración para la entrada de la semana. Sin embargo, en esta ocasión no ocurrió así. Lejos de despertar un espíritu incendiario, un ánimo inquisidor o el menor atisbo de reclamo, leer la investigación completa me dejó, más que cualquier otra cosa, triste, dolido.

Es triste porque es un caso que refleja, como nunca antes, los huecos que sistemáticamente aprovecha (y abusa) la clase política en este país. Es doloroso porque no es la primera vez que pasa (caso Moreira, por poner un botón de muestra) y sin embargo en ninguna de las ocasiones anteriores y probablemente en esta tampoco se han tomado las medidas para asegurarse de que no pueda volver a ocurrir.

Empezando porque nos enteramos del hecho a través de una investigación periodística (mis felicitaciones a Animal Político) en lugar de que los organismos de control interno gubernamentales hagan su trabajo. Pasando por que el político implicado apele al mentadísimo recurso de acusar de complot, incriminación y mala fe cuando se ve descubierto (al punto de meterle una demanda a Grupo REFORMA por presunto daño moral). Haciendo la parada obligada para esperar a que la masa crítica de casos, acusaciones y pruebas alcance la densidad suficiente para que en este país pase algo. Y rematando con un escape inverosímil pero cantado de parte del acusado, que pide licencia para “Hacer frente a los procesos penales” y luego se desaparece.  El corolario de la PGR girando una orden de aprehensión es sólo echar sal a la herida, a pesar de ser un funcionario con licencia Duarte todavía goza de fuero y por lo tanto no podrá ser perseguido ni aprehendido hasta las primeras horas del día 1° de diciembre. Se le está dando al criminal mes y medio de ventaja.


La historia, al menos en su estructura básica, se ha repetido hasta el cansancio en este país. Desde el señor de las ligas hasta el gobernador jarocho con licencia; la avalancha de casos en los últimos años, en administraciones de todos los partidos y colores es una declaración clara y contundente: No les importamos.

A los de los curules, los presidentes de los partidos, a los que dicen discursos bonitos y hacen promesas cada seis años; a ellos les importa poco, bien poco, lo que finalmente acabe pasando con las personas para las que, en teoría, trabajan y que apoquinan para engordar sus sucias billeteras. Somos para ellos un medio, no un fin. El modo de llegar al siguiente hueso y tener más, somos números, votos. Y sin embargo, seguimos (como no me cansaré de decir en este espacio) mirándolos hacia arriba, esperando que venga de ellos la solución a nuestros problemas. Una solución que jamás llegará, por más marchas reclamos y plantones que organicemos.

Y al mismo tiempo, mientras escribía la nota de hoy, me llegó el mensaje de un familiar que recuperó una cartera perdida gracias a un niño de más o menos doce años y su papá que la encontraron en la calle, buscaron su dirección y se la entregaron.
En pequeños gestos como ese, aunque usted no lo crea, descansa mi esperanza para este país. Si el cambio va a llegar, tendrá que ser desde las bases: desde personas a las que sí les importe el que tiene al lado, que sí entiende conceptos básicos como “No toco lo que no es mío” y “Cuido lo que es de todos”. Costumbres que todavía nuestros políticos no practican. Que la actitud y el civismo de la población sirva para empañarlos..

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Miedo a la Realidad




Como parte del programa del MBA del ITESO, este semestre estoy cursando una materia que lleva por título “Economía, Industria y Estrategia” y hace algunas semanas, en la tercera sesión del curso, trajeron como profesor invitado a Sergio Negrete; doctor y maestro en economía por la Universidad de Essex, con experiencia laboral en el Fondo Monetario Internacional y como académico en Oxford.


Su ponencia, “La Importancia del Desarrollo Económico” fue un viaje de tres horas para tratar de explicar el complejo entramado de relaciones causa-efecto que detonan el crecimiento (o las crisis) en un país determinado y que ha marcado enormes diferencias entre las llamadas potencias y las economías emergentes.


Para concluir la charla, el Dr. Negrete citó a Robert Solow (Premio Nobel, 1987):
“...Da la impresión de que es bastante fácil incrementar el crecimiento en el largo plazo. Sólo reduce los impuestos al capital aquí, o elimina una regulación ineficiente allá y la recompensa es un fabuloso y eterno crecimiento [...] Pero en la realidad es muy difícil conseguirlo, y cuando sucede [...] la razón puede permanecer un misterio incluso analizando el caso en retrospectiva”

Robert M. Solow
Me pareció una declaración muy humilde, viniendo de un Nobel de Economía, de un hombre que ha dedicado toda su vida a estudiar y tratar de entender la materia. Pero luego me quedé pensando que es exactamente el tipo de respuesta que debería dar una mente científica, una mente que entiende que el camino andado y los méritos acumulados no significan, en el gran esquema de las cosas, más que el punto de partida para las próximas generaciones. Es la respuesta de una mente ansiosa por seguir adelante y descubrir qué hay más allá de lo que se ha descubierto.


Días más tarde navegando por mis redes sociales, me encontré con una imagen que presentaba dos planos terrestres exactamente iguales, con algunos países de Norteamérica y el norte y occidente de Europa marcados con un color distinto. Encima de uno de los mapas se leía “Países con mayor desarrollo económico”, encima del otro “Países con población mayormente atea/agnóstica”. La imagen implicaba que había una correlación directa con el número de personas ateas/agnósticas y el progreso económico.


No sólo la tesis presentada es un absurdo de descomunales proporciones (la ciencia económica menciona primero a la circunstancia geográfica y climática de un país como factor para su desarrollo, antes que a las creencias religiosas de sus habitantes) sino que la información presentada como evidencia es falsa: católicos y protestantes, constituyen más del 60% de la población en Estados Unidos; fieles de diferentes variantes del catolicismo son mayoría en el Reino Unido y en Francia, las cifras más conservadoras señalan que hay más o menos el mismo número de cristianos que de ateos.


El contraste entre la actitud categórica de quien compartió la imagen (aunque evidentemente no verificó los datos) y la actitud humilde del Premio Nobel (que tenía la experiencia de toda una vida como respaldo) me hizo muy evidente otro factor que nos mantiene rezagados como país. Somos sorprendentemente dogmáticos.


Tenemos la tendencia a casarnos con una opinión o postura que nos conviene y luego acomodar la evidencia para apoyar nuestra posición, a veces ignorando realidades duras. Por ejemplo, el discurso de los organizadores de la marcha por los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, es que los normalistas son mártires del estado. Eligen ignorar que dichos personajes, supuestos estudiantes, fueron detenidos en un camión secuestrado en trayecto a una manifestación que en nada les atañía.


Casados con una verdad dogmática, cualquier intento por cuestionar se convierte en un ataque personal. Si no estás conmigo, estás contra mí; eres un Peñabot-Pejezombi vendido al sistema y no mereces ni mi tiempo.


Quizá tenemos miedo de aceptar la realidad como es, con sus complejidades y sus matices. Pero es necesario, porque a través de esa apertura logramos romper los paradigmas en los diferentes ámbitos de nuestras vidas que  detonamos el progreso de la civilización, la cooperación, la empatía.

Ojalá en México pudiéramos dejar de lado nuestros dogmas intelectuales, nuestras ideas monolíticas e inflexibles, y procuráramos ser un poco más moldeables, con esa apertura de mente que todo mundo exige pero nadie parece dispuesto a ofrecer.