miércoles, 31 de julio de 2019

Leyes preocupantes

La semana pasada se aprobaron, en diferentes espacios y por diferentes legislaturas, dos leyes de contenido preocupante: La Ley Federal de Extinción de Dominio, que básicamente le permite al Estado mexicano decomisar bienes relacionados con actos ilícitos para hacer uso de ellos; y las reformas al Código Penal de Tabasco, que castigan con hasta 20 años de cárcel a quienes bloqueen vías de comunicación o impidan la construcción de obra pública. 

¿Por qué digo que son preocupantes? Por el altísimo grado de discrecionalidad y la pasmosa falta de evidencia concreta que debe usarse para aplicarlas.
La extinción de dominio ya existía desde 2008, pero estaba vinculada exclusivamente a delitos penales, se tenía que tener una sentencia firme para aplicarla y estaba pensada para aprovechar los bienes incautados a organizaciones criminales u obtenidos a través de actos de corrupción. Según la nueva ley, la extinción de dominio es un trámite administrativo independiente de la sentencia judicial y puede aplicarse sin ésta. La baraja de delitos a los que aplica también se ha ampliado, de tal suerte que ciudadanos que adquirieron lo suyo por medios lícitos, pero cuya procedencia no puedan acreditar podrían perderlo todo. (Y normalmente, quienes no pueden acreditarlo son los más vulnerables y los que menos tienen)

La ley, además, deja en manos del Ejecutivo el uso discrecional de los recursos recabados, ofreciéndole así al presidente una caja chica de la que no tiene que rendir cuenta alguna. Es una diferencia enorme respecto a la legislación anterior, que señalaba que los recursos tenían que ir al pago de a víctimas directas del litigio, a acreedores del delincuente o a un fondo de atención a víctimas de la delincuencia.

En suma, la ley permite congelar cuentas, arrebatar propiedades y confiscar bienes y venderlos a cualquier ciudadano acusando que provienen de recursos mal habidos sin tener que demostrar su acusación en un juicio. Le da armas a un estado persecutorio, e incentivos económicos para cometer “errores” y adueñarse de la propiedad privada. Un golpe de autoritarismo impropio de un gobierno que se vendió progresista y no autoritario.

Autoritaria es también la otra legislatura preocupante, la de Tabasco. 
Es curioso que un partido que nació de la protesta y que agarró fuerza en la calle, en manifestaciones y plantones, decida ahora castigar con hasta 20 años de cárcel a quienes bloqueen empresas públicas y privadas; hasta 13 años a quienes impidan trabajos u obras públicas y hasta 5 a quienes impidan el libre tránsito de personas. 

Quienes tienen tiempo leyendo esta columna sabrán que no soy partidario de las marchas en general, pero entiendo que se trata de una expresión ciudadana válida, por más molesta que resulte. Hoy los diputados locales de Morena tratan de ahogar esa iniciativa voluntaria, pero al mismo tiempo el presidente llama a “Actos de Unidad y por la Dignidad” en tiempos de crisis como la situación de los aranceles con Trump. ¿Ahora el Estado estará dictando qué marchas son adecuadas y cuáles no? ¿Qué ideas merecen un plantón, un mitin?

Autoritario, es la palabra. Estas dos legislaciones la gritan a todo pulmón para quien tenga ganas de escuchar. ¿Funcionará, o los seguidores de López harán oídos sordos?


miércoles, 3 de julio de 2019

Buscar pleitos de a gratis...

En un evento masivo patrocinado y controlado hasta el más mínimo detalle por el partido en el poder, el presidente López puede acomodar la información para decir verdades a medias, mentiras completas y pretender que todo va viento en popa. La realidad, sin embargo, es pertinaz e inclemente.
El mismo día en que López pretendía llenarse de gloria en un evento de campaña (llamémoslo como es) inconstitucional (transgrede el artículo 134 de nuestra Carta Magna, por usar recursos públicos para promoción personalizada); el presidente recibió dos noticias. La primera, que los analistas del Banco de México habían recortado, por novena ocasión consecutiva, la expectativa de crecimiento de este año. La dejaron en un magro 1.13%., bien lejos de esa promesa de campaña del 4% en el primer año.

La segunda noticia fue más grave. Llegó desde Estados Unidos, con quien ya se sabe que las relaciones bilaterales están sostenidas con alfileres a causa del actuar impredecible del presidente Trump. 
La Cámara de Comercio de los Estados Unidos, el grupo de cabildeo más grande de aquel país, representante ante el gobierno norteamericano de los intereses de numerosos negocios y asociaciones profesionales, envió un comunicado en donde pide al gobierno mexicano y a la CFE reconsiderar su postura de llevar a arbitraje contratos ya firmados con empresas nacionales y extranjeras para la instalación de gasoductos en territorio nacional. 



La CFE, dirigida (es un decir) por Manuel Barlett, lleva con el tema más de una semana. A su entender, los contratos firmados son “leoninos”, por lo que exige se renegocíen algunas clausulas y les sean devueltos pagos que se hicieron por adelantado.
Independientemente de si tienen razón o no (que no, no la tienen) la medida tomada por la CFE pone de nuevo bajo sospecha al gobierno de López y pone muy nerviosos a los inversionistas. El mensaje que se envía es que, incluso si hay un contrato firmado, el gobierno mexicano se reservará el derecho de renegociarlo o cancelarlo si los términos en algún momento le incomodan.
Con esas perspectivas ¿Quién en su sano juicio invertiría en México? ¿Quién le entra a construir una refinería, o un Tren Maya, o un aeropuerto en Santa Lucía a sabiendas de que el gobierno puede firmar de un humor y amanecer de otro?

Abrir frentes de batalla con empresas privadas que podrían poner en riesgo inversiones en sectores clave (la construcción del ducto, sin ir más lejos) es darse un balazo en el pie de proporciones espectaculares. ¿Y todo por recuperar unos pagos que se hicieron por adelantado?
Ahora, pelearse con una empresa norteamericana es una cosa. Pero que la empresa empiece a mostrar músculo e involucre a la Cámara de Comercio norteamericana es harina de otro costal. Es una organización de cabildeo, dedicada a influir en la toma de decisiones de Washington y tiene un presupuesto calculado de más de 130 millones de dólares para hacerlo. Lo único que tendrían que hacer para meternos en aprietos es ofrecer una fracción de dicho presupuesto en apoyo a la campaña de reelección de Trump, a cambio de que éste tome una postura firme respecto a los contratos que la CFE pretende revisar. ¿Ve cuan rápido puede deteriorarse el tema, querido lector? ¿Alcanza a dimensionar las consecuencias políticas, económicas y sociales que tan tremendo encontronazo provocaría? 
Estaría bien que el actual presidente en funciones empezara a plantearse el tema, yo digo.

Addendum:
Esta columna descansará las próximas tres semanas. ¡Nos volvemos a leer el miércoles 31 de julio!