miércoles, 8 de abril de 2015

"derechos" aplastando Derechos

Le llaman "acción afirmativa" o "discriminación positiva"; es la política de favorecer a miembros de una minoría en desventaja que sufre de discriminación dentro de una sociedad para compensar, limitar o eliminar esa discriminación. Por ejemplo, una ley que obligue a que un patrón contrate cierto porcentaje de empleados de distinto tono de piel, género, religión, o preferencia sexual; o a una escuela a admitir al menos cierto porcentaje de estudiantes de grupos minoritarios; o a quien oferta un producto o servicio a ofrecer precios diferenciados.

Aunque suene maravilloso en papel, como muchas otras cosas que promueven los gobiernos, llevarlo a la práctica solo resulta contraproducente. Por ejemplo, un empleado talentoso de mayoría puede no obtener el puesto de trabajo que está buscando porque la empresa debe contratar a un representante minoritario (aunque sea menos brillante). También puede sembrar duda en cuanto al valor de los éxitos conseguidos por la persona (¿entré a la universidad que quería porque soy lo suficientemente bueno o sólo porque hay que cumplir una cuota?) o generar aún más encono discriminatorio (la persona que no entró sentirá que sólo beneficiaron a otro por ser minoría).

Todo esto viene al caso por los eventos ocurridos esta semana en los Estados Unidos, cuando tres pastelerías diferentes del estado de Colorado se negaron a recibir el pedido de William Jack, quien solicitaba que incluyeran imágenes y versos de la Biblia contra la homosexualidad en el diseño de sus pasteles. El despechado cliente presentó una queja en la Comisión de Derechos Civiles de Colorado, argumentando que se le estaba discriminando por sus ideas religiosas. La comisión desestimó la queja. Argumentó que en realidad se le discriminaba solo por ser un patán con otros seres humanos, no por sus ideas religiosas.

Ahí habría acabado todo de no ser porque, un año antes, una pareja homosexual solicitó de Masterpiece Cakeshop (otra pastelería del mismo estado) un pastel para su boda. El dueño, Jack Phillips, se negó a prestarles el servicio por considerarlo contrario a su fe cristiana. En ese caso, el órgano de gobierno presentó la misma solución que usa para casi cualquier cosa: Jack debía obedecer y prestar el servicio, o enfrentar una multa. Sabiduría salomónica.

El debate estalló, tanto en el norte como de este lado de la frontera, la mayoría alrededor de si es hipócrita o no permitir una cosa y prohibir la otra (cuando en esencia son lo mismo) o si es necesario regular el tema con más firmeza. Falta en la discusión, creo, la voz que abogue por la libertad; por la solución que nadie discute: que el gobierno deje de decidir con quién podemos juntarnos a jugar canicas y con quienes  no. Porque cada vez que ponen reglas, dejan vacíos espectaculares.

Forzar a alguien a prestar un servicio contra su voluntad ¿no es la definición misma de esclavitud? Obligarlo a tomar un cliente que no desea ¿no es violentar su derecho de asociación, protegido por el artículo 9° de nuestra Constitución? Se argumenta que se violan los derechos de las personas a las que se les niega el servicio ¿cómo, exactamente? ¿Acaso se le impide que busque otro proveedor para el servicio que busca? ¿Por qué se hace un escándalo si un pastelero niega su servicio, pero no si un restaurante o centro nocturno se "Reserva el derecho de admisión" bajo argumentos aún más arbitrarios?

En mi opinión, en ambos casos se debió haber permitido que los dueños del negocio negaran sus servicios. En primer lugar porque al intentar aplicar esa "acción afirmativa" se aplastó el Derecho a la libertad de una persona en beneficio de otra. Lo que no sólo no es equitativo, sino hasta injusto. Y en segundo lugar, porque fuera de ser tratado con respeto, no tenemos derecho alguno sobre los demás, así que el presunto "derecho" (así, entrecomillas) que se defendió cuando se forzó la prestación del servicio, ni siquiera existe.

Addendum:
Nada de lo aquí expresado debe interpretarse como una declaración personal contra los distintos grupos minoritarios. Escribo sólo en defensa de la libertad.
Que una persona o negocio se niegue a entablar relaciones con quien le plazca basándose en cualquier factor arbitrario como el color de su piel, la religión que profesa, su origen o condición social o su preferencia sexual me parece una soberana estupidez, aunque tengan todo el derecho de hacerlo. ¿Por qué limitar nuestra capacidad de compartir, experimentar o enriquecer nuestra vida por culpa de una mente cerrada? ¿Por qué negarse a tratar al prójimo como seres humanos?

miércoles, 18 de marzo de 2015

¿#EnDefensaDeAristegui? ¡En defensa de MVS!

Carmen Aristegui, como periodista, nunca me ha gustado. Siempre encontré en su discurso falta de objetividad; una marcada preferencia por ser incisiva y mordaz con el partido en el poder y la llamada derecha política, pero sin aplicar el mismo rigor con la izquierda, de la que apenas habla mal, o da muchos espacios para que pueda defenderse (y justificarse) frente a la opinión pública.

Partidario de la libertad de expresión, sin embargo, no puedo condenarla por tener su opinión y estamparla en su línea editorial. Reconozco que ella y su equipo han sido una voz crítica necesaria y valiente frente a la cúpula política y una valiosísima denunciante de muchas cosas que están mal en México. Por todo ello, lamento mucho su despido. No era un capricho mi costumbre de escuchar "Primera Emisión" por las mañanas, durante mis trayectos a la oficina.

Habiendo dicho todo lo anterior, creo que hace falta señalar algunos puntos del drama que corren el riesgo de ser ignorados en medio de todas las muestras de apoyo a la reportera. Ruego a mis cuatro lectores que lean hasta el final.

En primer lugar MVS Radio como empresa privada e independiente, tiene todo el derecho de hacer con su marca y con los recursos que paga lo que le venga en gana. Hasta donde sabemos, Carmen y su equipo realizaron la negociación con Mexicoleaks por su cuenta y riesgo, sin incluir a la dirección de MVS en la mesa, pero pretendiendo representarlos. Por lo tanto, la reacción de deslindarse de dicha alianza estratégica, en donde se compromete uno de los activos más valiosos de MVS, como eran Carmen Aristegui y el equipo de investigaciones especiales, es perfectamente válida, aunque no muy entendible. ¿No se supone que los objetivos de la plataforma y de MVS eran los mismos, informar a la población? ¿No era Mexicoleaks una fuente de información invaluable para el noticiario "Primera Emisión"?

También encuentro válido que la empresa quiera hacer una llamada de atención a los responsables de que las negociaciones se llevaran a cabo sin su conocimiento y consentimiento explícito, incluso si esta llamada de atención llega en forma de un despido. La separación de Daniel Lizárraga e Irving Huerta de sus respectivos puestos de trabajo, si bien me parece una medida completamente desproporcionada en relación a la gravedad de la falta, sigue estando dentro de las facultades de la compañía y es válida. A mí, sin embargo, me parece que hubiera bastado un jalón de orejas interno, sin enterar nada a la opinión pública, sobre todo considerando lo valiosos que eran ambos para el equipo de trabajo y lo que, predeciblemente, ocurriría después.

El despido de Carmen se da después de que ella, en congruencia con su manera de pensar y ver las cosas, lanza un ultimátum a la plana mayor de Noticias MVS para que echen para atrás el despido de sus dos compañeros. La periodista no pudo haber actuado de otra manera, pero la radiodifusora tampoco podía permitirse que un empleado, por más importante que fuese para la empresa, dictara su política o sentara precedentes con respecto a las decisiones de la dirección. Tristemente la cuerda se rompió del lado más angosto y a Carmen le tocó perder. La empresa juzgó que era más valioso conservar su autoridad y perder seguidores, que conservar su rating pero transformarse en un títere. Es una decisión respetable, probablemente la única que podía tomar la administración de MVS considerando que ya había cedido bastante en anteriores desencuentros con la periodista. Es una decisión que nos recuerda que nadie es indispensable.

Ahora ¿se le ha negado la Carmen Aristegui en algún momento su libertad de expresión? Nunca. Durante su tiempo con la radiodifusora gozó de libertad editorial e incluso en su despido las cámaras y los micrófonos se acercan a ella para escucharla. Su página de Internet es la 50° más visitada a nivel nacional, por encima de las de diferentes bancos, OCC, el Tec de Monterrey, Proceso, CNN o Spotify y varios medios, incluido el Canal del Congreso, ya le han ofrecido o van a ofrecerle un espacio para que continúe con su labor periodística. Si quisiera, probablemente podría iniciar su propia radiodifusora y no le faltarían inversionistas ¿Un golpe a la libertad de expresión? Cuando Carmen habla México escucha, porque ella así se lo ha ganado a pulso. Ese no es el problema.

El problema es que hay razones suficientes para levantar sospechas de que pudo haber sido presión externa, gubernamental, la que orilló a MVS a tomar las medidas desproporcionadas que tomó. De otra manera no hay explicación que valga para que un desencuentro tan mínimo como el caso Mexicoleaks, sea el detonante del despido de Carmen y su equipo.
Si esto es así, hay que tener cuidado. Porque la víctima no es sólo Carmen, es también la radiodifusora. ¿Por qué le permitimos al gobierno aplastar a una organización privada sólo porque no le gusta lo que produce (sea contenido informativo o cualquier otra cosa)? ¿Por qué, en lugar de combatir a ese gobierno que aplasta, que tuerce la mano de su ciudadanía, nos lanzamos contra el ciudadano que la tiene torcida?

Hoy puede ser MVS, mañana puede ser cualquier otra empresa. No estamos luchando contra la enfermedad, estamos luchando contra el síntoma ¿Hasta cuándo?

miércoles, 11 de marzo de 2015

Hacen falta pantalones

Siempre he tenido la impresión de que buena parte de la etiqueta que lleva el sexenio de Felipe Calderón (de haber sido sangriento y terrible en el tema de la seguridad) se la debe a sus asesores de imagen pública y al compromiso de defender siempre la libertad de expresión, dejando a la prensa nacional sin correa.

No minimizo la terrorífica cifra de muertos, que según diferentes fuentes anda entre los ochenta y los cien mil. Me parece, por supuesto, que cualquier homicidio doloso está de más y por supuesto me duelen las 344 mil víctimas "invisibles" (huérfanos, viudas, padres, amigos) que calcula el Centro de Análisis de Políticas Públicas de la organización México Evalúa.
Entiendo los argumentos de que la estrategia no era la correcta, de que faltó inteligencia y tacto, de que quizá realmente no era necesaria una intervención a esa escala de parte del ejército y la armada. Podemos debatir largamente los detalles de la estrategia de Calderón. Sin embargo, hay que reconocerle al menos una cosa: que tuvo el valor para sostenerse en sus ideas, para hablarle de frente a la ciudadanía y ser transparente en cómo veía el problema y qué pensaba hacer para solucionarlo. Hay que reconocer que tenía pantalones.

Volvamos al presente. Mientras la ONU señala que en México la práctica de la tortura es generalizada y se practica en un contexto de impunidad, el gobierno se apresura a negarlo a través de su embajador en la ONU, Jorge Lomónaco. Mientras que James Cameron, primer ministro británico, dando voz a toda la comunidad internacional, increpa al presidente por el tema de los Derechos Humanos, Enrique Peña sigue levantándose el cuello con sus reformas estructurales (de las que aún no vemos resultados concretos).

La estrategia de esta administración es esconder, cubrir, ignorar. No es la actitud valiente de quien hace frente a la adversidad, bien o mal según su capacidad y defiende sus ideales contra la opinión pública si hace falta. Es la actitud de quien quiere manipular dicha opinión, torcerla sin hacer ningún mérito.

Sin embargo, como con cualquier mentira, ocasionales deslices nos permiten destapar la cloaca que tan desesperadamente intentan cubrir. Como por ejemplo el hecho de que la cifra de muertos en apenas el primer tercio del sexenio ya está entre los cuarenta y los cincuenta mil, dependiendo de a quién se le pregunte. Por ejemplo el hecho de que en Michoacán y en otros estados sigan en pie de guerra los grupos de autodefensas; a veces con resultados surrealistas como la reciente liberación de dos líderes, Antonio Torres "El Americano" e Hipólito Mora, después de que hubiera una balacera entre ambos en el municipio de La Ruana. ¿Quiere aún más surrealismo? Hipólito Mora está negociando una candidatura a diputado federal con Movimiento Ciudadano. "Por supuesto que estamos aprovechando su valentía, por supuesto que estamos aprovechando su historia de vida" señala el líder estatal del partido, Daniel Moncada Sánchez "Necesitamos en el Congreso de la Unión, en el Congreso del Estado, en el Gobierno del Estado y en los Ayuntamientos más voces como las de estos hombres."
Por ejemplo, los cuarenta y tres estudiantes normalistas que la misma policía se encargó de hacer desaparecer en circunstancias aún no esclarecidas y en las que pudo haber estado involucrado el ejército.

Y mientras todo esto pasa, Osorio Chong dice ayer a los medios que Iguala no es México, llama a que "veamos la realidad del país" e insiste en que estamos mejor que antes, cuando había más muertes, más violencia. Mientras todo esto pasa, Videgaray Caso publica hoy en las páginas de Reforma una editorial explicando los beneficios de la reforma financiera, medalla y nave insignia de esta administración que nomás no ha podido soltar amarras. Mientras todo esto pasa, nuestro presidente viaja a Gran Bretaña acompañado de toda su familia, acomoda a su amigo Murillo Karam en una secretaría donde no llame tanto la atención, después de su mamarracho en la Procuraduría, y sigue cubriéndose los ojos a la realidad de un país que todavía sangra, aunque ya no se anuncie en los periódicos ni cubra buena parte del noticiario de la noche, quizá también por instrucciones de la misma presidencia.


Definitivamente, a esta administración le hacen falta pantalones.

miércoles, 4 de marzo de 2015

¡Fiesta electoral!

El próximo siete de junio volverá a llevarse a cabo en nuestro país el ritual electoral, con la noble pero ingenua intención de que la ciudadanía encuentre a alguien que represente sus intereses y dé respuesta a sus inquietudes en los casi 2,000 puestos que van a votarse.  Si usted, querido lector, no se había dado por enterado, puede considerarse en extremo afortunado.  Porque en estos tiempos, si enciende la televisión o la radio, abre cualquier periódico, o incluso si entra a una sala de cine, de inmediato se verá acosado por una avalancha de mensajes proselitistas y el reporte casi minuto a minuto de cómo se están acomodando la piezas de cara a la jornada electoral.

Y espere, porque apenas vamos iniciando.  Cuando finalmente tengamos definidos a los candidatos, la marea "informativa" crecerá como la espuma.  Se le unirá una oleada de basura plástica que ocupará postes, banquetas, paradas de autobús y demás mobiliario urbano.  Se despilfarrarán indecentes cantidades tratando de alcanzarlo en su domicilio, con volantes que saturen su buzón, grabaciones telefónicas que lo interrumpan en sus actividades diarias y vistosos (y distractores) anuncios con movimiento en su navegador de internet mientras intenta trabajar.

Solo eso debería ser un gran foco rojo, grave alarma de que el nuestro sistema gubernamental tiene enormes grietas.  La política en México se hace desde el gasto, con circo y espectáculo, con actos multitudinarios en las plazas públicas llenas de acarreados y demostraciones de apoyo con todo mi equipo de campaña pegando calcas en las principales arterias de la ciudad.  La política se hace desde el escritorio del mercadólogo, del diseñador, del experto en relaciones públicas.  No sorprende que un payaso, un ex-futbolista  y una actriz de telenovela tengan manera de participar  en la contienda (y quién sabe si no ganarla) por el solo hecho de ser personajes públicos y reconocidos.  No son ellos, es el sistema.


A la política en México le falta sustancia, le faltan propuestas y le falta una ciudadanía que la cuestione con cabeza fría y atención constante.  ¿Qué vas a hacer? ¿cuándo? ¿cómo? ¿por qué? la mayoría de las propuestas no se sostienen frente a este rápido examen. A la ciudadanía le falta educación para juzgar lo adecuado de las respuestas.  A la política le falta congruencia, políticos con compromiso con los ideales que enarbolan y no chapulines con ideologías desechables, que saltan de un partido a otro aunque defiendan principios contrarios.  A los ciudadanos nos falta criterio.  Todo mundo se lamenta de la resaca que arrastramos como nación, pero muy pocos voltean a ver cómo cada tres años nos emborrachamos de fiesta electoral. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Resolviendo el problema del empleo (parte 4): El colchón oculto

Se nos acaban las opciones.  Como vimos en entradas anteriores, es muy difícil crear más empresas que generen más empleo y la falta de una educación de calidad nos impide aspirar a empleos de alto valor agregado que paguen mejor.  Nos jugamos nuestra última carta: reducir todo lo que no sea salario, que deba pagar el patrón por tener empleados contratados. Es decir, reducir la carga fiscal.

Para nadie es un secreto que el Salario Nominal de un empleado (es decir, la cifra que aparece en el contrato que el trabajador recibe como pago por sus servicios) sufre una serie de deducciones por concepto de IMSS e ISR según manda la ley. El resultado de esas deducciones es el Salario Neto del trabajador, lo que finalmente termina en su bolsillo. Sin embargo, lo que a mucha gente se le escapa, es que en realidad el empleador debe pagar mucho más que sólo el Salario Nominal para poder contratar a ese empleado.

El salario de un trabajador incurre en una serie de costos adicionales: las cuotas del patrón al IMSS, el 5% adicional al INFONAVIT, el impuesto sobre nóminas (que grava todo lo que el trabajador percibe: salario, primas, bonos e incluso PTU) y la cuota sindical que el empleador debe pagar por cada empleado. Todo esto va sumando al Costo Total del Trabajador.

La diferencia entre ese costo total y lo que finalmente recibe el trabajador, su Salario Neto, es lo que definimos como Carga Fiscal: un colchón, tan inflable como la ley quiera, que hace bulto, ensancha el costo de tener empleados y  por lo tanto, limita lo que el patrón puede pagar y a cuántos empleados puede pagar.

¿Qué tan grande es este colchón?  Para una persona que ganaba el salario mínimo en 2013, representaba el 35.52% de lo que ganaba. Es decir, por cada peso que recibe, su patrón debía pagar treinta y cinco centavos más al gobierno, de diferentes formas y a través de distintos impuestos. Y mientras más ganas, más se infla dicho colchón. Para una persona que ganaba 4.5 salarios mínimos ese mismo año, la carga fiscal obligaba al patrón a pagar un 44.27% adicional. Con diez salarios mínimos la carga fiscal se dispara hasta el 51.13%

¡Y atención! De eso que recibe finalmente el trabajador, aún tendrá que pagar el 16% de impuestos al consumo (IVA), hacer sus pagos al INFONAVIT y cubrir su cuota sindical. ¡Sigue habiendo costos que pulverizan el ingreso!

Resulta evidente que el empleador tiene fuertes incentivos para querer pagar lo menos posible a la menor cantidad de personas posibles, pues mientras más dinero reciben sus empleados, más debe pagarle al gobierno por esos costos ocultos.
-¡Pero- alegarán algunos de nuestros amigos marxistas -toda esa carga fiscal se usa en beneficio del empleado! La seguridad social, la vivienda y la organización sindical son resultado de victorias del proletariado frente al empresario capitalista que de otra forma no lo pagaría-

Es un argumento válido, al que trataré de responder con un ejemplo:
Supongamos que un empleador quiere contratar a un nuevo empleado. La cifra que ofrezca como salario tratará de mediar entre dos situaciones. Por un lado, el empleador quiere al mejor talento y para ello no puede ofrecer menos que el resto del mercado. Esa es una fuerza que lo obliga a ofrecer más. Por otro lado, debe cuidar su rentabilidad y asegurarse de ganar dinero. Esa es una fuerza que lo obliga a ofrecer menos.
Finalmente, el empleador llega a la conclusión de que su punto de equilibrio, la cifra que satisface en mayor o menor medida ambas condiciones es $9,000  
Sin embargo, como por cada peso que le pague al empleado deberá pagar cincuenta centavos de carga fiscal, en realidad podrá pagar a su empleado sólo $6,000, reservando los otros $3,000 que tenía presupuestados para cubrir esa carga fiscal. ¿No hubiera sido mejor para el empleado quedarse con los $9,000 desde el principio?

Una vez más, como hemos visto a lo largo de estas cuatro entradas, la legislación que debía proteger al empleado (porque se supone que la seguridad social, el apoyo a vivienda y la organización sindical son todas en beneficio del trabajador) cumple exactamente la función contraria.

Recupero algunas ideas que discutimos al inicio de esta mini-serie. El gobierno es un ente que no crea, que no produce riqueza. Subsiste a través de tomar la riqueza de quienes sí la producen y utiliza esos recursos para hacerse el indispensable, fingirse importante. Pero la verdad es que todas las soluciones que hemos propuesto involucran en mayor o menor medida, reducir el papel que juega este ente en el escenario nacional, hacerlo pequeño, darle más libertad al empleador y al empleado, al ciudadano, a quien sí produce, vibra y vive. Y sin embargo, no hay un sólo partido político que abandere estas propuestas. Algunos al contrario, insisten en la idea de que empleador y empleado son fuerzas irreconciliables y no sinérgicas, enemigos y no aliados y que se requiere más y más regulación para ponerlos en orden.

 Hay elecciones el próximo junio. Visto lo visto ¿Usted ya sabe por quién va a votar? 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Resolviendo el problema del empleo (Parte 3): Vivir de satisfacer, no del subsidio

Es un hecho que el marco legal y la mala administración son cargas adicionales para el desarrollo del país y poderosos disuasorios para los empresarios, lo que reduce el número de empleos disponibles.
Por fortuna, no hemos agotado la baraja de opciones que tenemos para resolver la problemática. Si generamos pocos empleos, al menos podríamos procurar que sean plazas que generen mucha riqueza. ¿Cómo le hacemos?

Empecemos por derribar el mito de que los empleos de alto valor son sólo los de la industria farmacéutica y química, los trabajos relacionados con la investigación, la informática, las finanzas y las telecomunicaciones. Un trabajo de alto valor es aquel que, gracias a su intervención, transforma un proceso cualquiera en uno que multiplica la riqueza que genera (o ahorra). La única diferencia entre un trabajo así y uno del montón, es la persona que lo ocupa.

El ingeniero que diseña e implementa un sistema de producción que ahorra tiempo o el ejecutivo de recursos humanos que consigue mejorar la productividad de toda la empresa manteniendo el ambiente laboral positivo y a la gente comprometida, les cabe la etiqueta de Trabajo de Alto Valor igual de bien que al diseñador de la nueva maravilla tecnológica o al investigador que desarrolla una vacuna para una farmacéutica. La diferencia no es el puesto, la empresa o el ramo; es la persona y lo que puede hacer en donde está. Esté en donde esté, a esta persona le pagarán más que al resto.

El objetivo es entonces transformar a cada mexicano en una persona capaz de generar ese valor agregado en donde sea que se desempeñe. Transformarnos en un país de fueras de serie, con la capacidad de pensar fuera de la caja, ver lo que otros no ven y capitalizarlo, requiere de dos ingredientes principales: la actitud adecuada y la educación precisa.

Con la actitud no tenemos ningún inconveniente. El mexicano es luchador, por naturaleza ingenioso y sumamente trabajador (según el "Better Life Index", de la OCDE, en México la gente trabaja 2,226 horas al año, muy por encima del promedio del resto de los países, que está en 1,765 horas). Para muestra baste intentar subirse a un autobús repleto a las seis de la madrugada, sentarse a ver desde qué hora están montados los puestos del tianguis local, o darse un paseo por el centro de la ciudad fijándose en la cantidad de letreros en los postes de gente que ofrece sus servicios, desde el chambitas que la hace de todo y el que vende usado, hasta quien se ofrece a pasear perros.

No, actitud no nos falta. E incluso si lo hiciera, al haber un incentivo económico, comenzaríamos a desarrollarla.

Vamos, sin embargo, con el segundo ingrediente: la educación precisa.
Que tenga una excelente actitud no va a impedir que mis contribuciones al diseño de un caza supersónico terminen haciendo estallar el avión apenas despegue. Requiero conocimientos avanzados de aerodinámica, aeronáutica y motores a reacción y entender perfectamente la problemática antes de hacer cualquier sugerencia de solución. Aquí es de donde cojeamos, tristemente.

Se calcula que de cada centenar de niños mexicanos que entran a primaria, llegarán a la universidad menos de veinte y apenas uno o dos realizarán algún posgrado. Sin educación superior que sirva de base y contexto a su trabajo, es difícil que el ingenio del mexicano luzca como debiera. Como un diamante mal cortado, queda cubierto, ocupado en empleos rutinarios, imprescindibles, pero que cualquiera con un mínimo de instrucción puede realizar.

Por fortuna siempre está la opción de volverse autodidacta, acercarse a los textos de la materia que nos atraiga y comenzar a estudiar por nuestra cuenta. Sin embargo, actualmente toda publicación de ciencia, tecnología e investigación que se precie se publica en inglés y ahí tenemos otro rezago importante.

Según el reporte "Sorry, el aprendizaje del inglés en México" de la organización Mexicanos Primero, de nuestros egresados de secundaria, el 79% tiene un desconocimiento total del idioma y apenas el 3% cumple con el conocimiento esperado para su edad.
Eso no debería ser sorprendente, considerando que el 52% de los maestros tampoco alcanzó ese mismo nivel mínimo.

Nuestros alumnos están entonces limitados a lo que puedan aprender durante su educación primaria y secundaria. ¿Cómo nos va en ese rubro? Mal también.
Según el Reporte de Competitividad Global 2012-2013, elaborado por el Foro Económico Mundial, México ocupa el lugar 118 de 144 países clasificados. Y para la OCDE, que utiliza el examen PISA (2012), el rezago entre los estudiantes mexicanos y los del resto de los países miembros es de dos años de escolaridad. México es el país con el peor desempeño en matemáticas, lectura y ciencias.

¿Alguien ha visto últimamente los libros de la SEP? Son vagos, llenos de imprecisiones científicas y conocimientos inconexos. En su afán por brindar una educación "holística" la privan de un orden básico. Intentando no dejar ningún rezagado, las actividades sugeridas son pobres sustitutos a los desafíos que requiere una mente despierta y creativa para desarrollarse. El plan de estudios se repite de un año a otro casi sin cambios (y ni así salimos bien parados)

Y es que no hay manera. No, entre otras cosas, mientras se dilapiden millones en mantener funcionando una máquina que no se dedica a enseñar, sino a hacer política. No mientras Guerrero, Oaxaca, Michacán y más recientemente el Distrito Federal tengan que seguir soportando las acciones de la CNTE, que son casi delincuienciales, sin que haya ningún tipo de sanción o consecuencia. No mientras el SNTE no pueda proporcionar con total transparencia el número de sus agremiados, cuánto ganan, en dónde enseñan y en qué condiciones. No mientras no se evalúe con rigor al maestro incompetente y se actúe en consecuencia. No mientras sigamos pensando que vamos a la escuela a satisfacer las exigencias de mamá y a sacar el certificado, en lugar de a transformarnos en esa persona que tiene que competir en un mundo cada vez más pequeño y lleno de gente brillante.

¿Cómo lo hacemos? Entre quienes promovemos la no regulación gubernamental y la descentralización (y en algunos casos privatización) de las funciones del Estado, el tema de la educación ha sido largamente debatido. La idea que más seguidores agrupa bajo su bandera es la de los vales educativos.

En teoría, el Gobierno podría seguir garantizando la educación de toda la población entregando Vales Educativos a cada familia. La familia podría usar dichos vales en instituciones de educación privadas de todo el país, que competirían por la preferencia de las familias con mejores maestros, instalaciones, programas culturales o deportivos, etc.

Al final, la escuela que tenga la preferencia de más familias y lo acredite con los vales correspondientes, recibiría una partida presupuestaria más grande de parte del gobierno. Cambia el paradigma, la escuela vive de satisfacer al consumidor, no de la dádiva gubernamental.

No es un sistema perfecto, pero es un inicio. El Valle del Silicio, y otros centros de trabajo bien remunerados no surgieron de la noche a la mañana en medio de la nada sólo porque sí. Se desarrollaron por estar cerca del talento con la educación precisa que las empresas necesitaban y normalmente todos están cerca y tienen vínculos cercanos con prestigiosas universidades locales. Imitar este modelo en México es receta segura para más empleos y mejor remunerados.



PD: Si quieres más información sobre el modelo de vales educativos te invito a leer el ensayo del Dr. Santos Mercado Reyes, "Un voucher para la educación". Lo puedes encontrar en la siguiente liga:
http://www.libertarios.info/unvoucherlibro/

miércoles, 7 de enero de 2015

Resolviendo el problema del empleo (Parte 2): Mucho ayuda el que no estorba.

La primera solución que se planteó hace un par de semanas  (¡felices fiestas!) al problema del salario mínimo en México fue la generación de más empleos. Esto en el entendido de que, mientras más demanda de trabajo exista, más estarán dispuestos los empresarios a pagar a quien ofrezca su trabajo para satisfacer dicha demanda. Ahora, antes de proponer algunas vías para generar esa demanda de trabajo, habría que definir qué tipo de empleos queremos.

Buscamos empleos que resulten significantes. Empleos eficientes, que generen la riqueza que luego se repartirá entre quienes realizaron el trabajo; que le permitan a quienes los ocupan sentir satisfacción y orgullo por su labor, además de que resulten retadores para sus capacidades para que se mantengan en constante crecimiento y aprendizaje y para que quienes cuentan con mejores aptitudes puedan crecer dentro de la organización a posiciones de mayor responsabilidad. ¿Dónde encontraremos empleos como estos?

Existen, por un lado, las plazas de trabajo gubernamentales, esas que abren las diferentes dependencias de gobierno para cumplir con sus obligaciones y proporcionar los servicios que están obligadas por ley a proveer. Pueden ser muy variadas, desde la del burócrata del INE o la del auditor del SAT, hasta la de un médico especialista en el IMSS, o la de un ingeniero químico para PEMEX.

Pero estos empleos no son como los que andamos buscando. Muchos de éstos no producen riqueza (a veces al contrario, entorpecen la creación de la misma), y los que si la producen no tienen ningún incentivo para hacerlo de manera eficiente. Operan, normalmente, en una institución monopólica que no debe preocuparse por competir en el mercado, ni por obtener ingresos (que obtiene directamente del gobierno). En esas condiciones preocuparse por la eficiencia o la calidad del servicio es un lujo que pocas veces disfrutamos, no una necesidad impuesta por el mercado. ¿Cómo explicar si no que para solicitar un medicamento al IMSS haya que pasar un papel por ocho manos, recabando firmas, sellos y autorizaciones?
Como no hay necesidad de ser eficientes, tampoco hay un criterio claro para elegir quién puede crecer en la estructura de una organización gubernamental y los procesos de sucesión caen en el riesgo de ser completamente descarrilados por compadrazgo o nepotismo. No es raro, por ejemplo, que con el cambio del partido en el poder cambien también a buena parte de los funcionarios públicos, sin importar que algunos de ellos fueran muy buenos en sus respectivas labores.
No, los empleos gubernamentales son la antítesis de lo que queremos.

Luego están los trabajos informales, el del tianguista y el vendedor de las esquinas, pero también el del ama de casa que vende pan casero a sus vecinas para completar el gasto y el del jardinero que monta en la bicicleta la podadora y las tijeras para ir casa por casa arreglando jardines.
Estos empleos si cumplen con algunos de nuestros requisitos. En primera instancia, es un trabajo del que se puede sentir orgullo. Los trabajadores informales son, en su mayoría, gente valiente que se vale de sus propios recursos y habilidades cuando no encuentran otro camino; heroicos micro empresarios que aprovechan lo que tienen y además generan la suficiente riqueza para su sustento y el de los suyos. Sus negocios además compiten por la preferencia del consumidor, que bien podría ir a la panadería o llamar a un servicio de paisajismo y diseño de jardines; lo que los obliga a ser eficientes en sus trabajos, o al menos ofrecer otras ventajas que sus competidores, normalmente en el factor precio.

Sin embargo, hay que reconocer que son empleos con poca posibilidad de crecimiento, cuyos reducidos márgenes de utilidad apenas les permiten subsistir (ya no digamos reinvertir y crecer) y que difícilmente les enseñaran algo más que lo que ya saben hacer bastante bien desde un principio (si la panadera no hubiera sabido como hacer pan, no hubiera empezado a venderlo entre sus vecinas)
Al informal se le puede reprochar, además, que no contribuya con impuestos al "bienestar general", que compita de manera desleal con las empresas que si cumplen con las obligaciones que marca la ley y que deben pagar un local y la seguridad social de sus empleados.

Finalmente están las empresas privadas, formalmente constituidas que operan dentro de la legalidad. Estas empresas son las que tienen mejores posibilidades de ofrecer empleos que cumplan con todos nuestros requisitos. Producen riqueza a través de satisfacer necesidades, lo que dota a sus empleados de propósito y como compiten contra otras empresas por la preferencia del consumidor, están siempre en una obligada búsqueda de la mejora, lo que se traduce en capacitación para los empleados, diseño de nuevas técnicas para realizar sus labores y un marco meritocrático para decidir quién progresa en la estructura de la organización.

Si queremos más y mejores empleos, entonces necesitamos más y mejores empresas en este último esquema. Ya sea fomentando la creación de empresas nuevas, o permitiendo al sector informal regularizarse. Y así volvemos a la pregunta que dio origen a toda esta verborrea. ¿Por qué no hay más empresas que generen los trabajos que queremos?

La respuesta, como todo en economía, es porque no existen los incentivos. Y no existen porque el gobierno, encargado de promover la generación de empleos, se ha dedicado a todo lo contrario.

Con la larga lista  de requisitos, trámites y permisos que hay que reunir para montar el negocio (México está en el triste lugar 39 del Índice de Facilidad para Hacer Negocios del Banco Mundial, muy lejos de Singapur, Dinamarca, Estados Unidos, Reino Unido o la República de Corea, que ocupan los primeros puestos); la agresiva política fiscal que le desaparece alrededor del 30% de la riqueza que produjo, el constante acoso de grupos sindicales que poco o nada tienen que ver con sus empleados y su bienestar, el descarado uso discrecional que hace el gobierno de los fondos que recauda. ¿Qué incentivo tiene el emprendedor para alinearse a la legalidad?

Y el camino de la informalidad tampoco es sencillo. Si, de un tiempo para acá el gobierno ha comenzado a procurarles más atención: el Seguro Popular para quienes no tienen IMSS, o el apoyo a las personas de la tercera edad para quienes no cuentan con una pensión. Sin embargo, como se ha dicho, sus márgenes de utilidad son mínimos y se ven acosados por líderes políticos corruptos que cobran cuotas por protección o al menos la promesa de que no serán molestados por la policía.

¿Cómo entonces generar más empleos? Pues reduciendo las trabas gubernamentales, haciendo accesible para los informales institucionalizar su negocio y permitiendo que los negocios constituidos puedan hacer más con su negocio y puedan seguir creciendo.
La solución, irónicamente, está en evitar la intervención de quien debía promover el empleo: el gobierno. Bien decía mi abuelo: Mucho ayuda el que no estorba